El elefante africano y el codiciado marfil

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Elefante africano/ Foto: Pixabay

Cuando pensamos en un elefante, el mamífero más grande que habita nuestro planeta, nos surgen sentimientos de respeto y de ternura. Son inteligentes, familiares, e incluso graciosos cuando juegan entre ellos.

Para una mínima parte de la población supone otra cosa: dinero, negocio, corrupción. El elefante va camino de la extinción y tenemos que ser responsables. Debemos acabar con el tráfico del marfil.

Ya en tiempos ancestrales, el marfil, este material tan preciado, era un objeto de lujo que pocos se podían permitir. En la Biblia ya se relaciona este material con el rey Salomón, e incluso nació el arte criselefantino, dedicado a crear obras de arte de marfil y oro. ¿Y quién no conoce instrumentos musicales, como el piano, que tiene sus teclas hechas de colmillos?

Muchos querían remarcar su estatus o superioridad teniendo obras de este estilo dentro de sus hogares, iglesias o edificios públicos, para causar la estupefacción de sus amigos y familiares y para demostrar sus grandes ingresos.

La falta de escrúpulos y de pensamiento en los animales, y el ansia por la imagen de poder, dejan oculto el proceso de la adquisición del marfil para formar parte de sus objetos de deseo.

Los cazadores furtivos son la principal amenaza de en la probable extinción de los elefantes

La realidad es otra. La realidad es que se ha pasado de tener más de un millón de ejemplares a la mitad en el siglo XX. La aparición de los cazadores furtivos, el mercado negro, y los gobiernos corruptos que miran hacia otro lado y se enriquecen a causa de cargarse su propia fauna han causado un impacto muy negativo en países como África y Asia. La falta de educación medioambiental llegó a límites como dejar a la población explotar un mínimo a los pobres animales, porque como hay tanta pobreza, por lo menos que saquen dinero de ellos y así les tengan estima por ser su sustento, ya que si no obtenían beneficio de estos animales no los iban a tener respeto ninguno y los iban a torturar igual.

Ante tanta impotencia y tristeza, un hombre llamado Leakey se puso al frente de la conservación de Fauna de Kenia. No tenía dinero ni para la gasolina de su coche, pero invirtió lo que tenía en publicidad. Consiguió hacer ver a la sociedad lo horrible de todo aquello, así como al presidente, y fue éste último quien quemó dos mil quinientos colmillos requisados a los cazadores furtivos. Todo el mundo vio por la televisión que no querían ese material, que querían hacer desaparecer el resto de las torturas y respetar los elefantes. Con estos pequeños actos se comienza por acabar con esta lacra.

Piezas de marfil tallado a la venta en un comercio chino / Foto: Wikimedia Commons

Así otros tomaron ejemplo. Hace poco se cerró el mercado de marfil más grande de la actualidad: Hong Kong.

El ser humano algún día será capaz de decidir si vale la pena o no matar a los animales para crear objetos de valor. Si vale más una vida que un objeto de lujo. Esperemos que no sea demasiado tarde.

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