Historia y maldad del Emperador Romano “Calígula”

Calígula

Su nombre era Cayo Julio César Augusto Germánico, nieto de Nerón. Fue apodado como Calígula, que a pesar de sonar como un nombre bastante imponente, y de hecho sádico en su contexto, tiene la traducción de “botitas”, ya que desde niño le gustaba calzarse con las cáligas de los legionarios cuando acompañaba a su padre en las expediciones militares por Germania, en donde se desarrollaría su extraña historia.

Las transgresiones de Calígula fueron tantas que Dante Alighieri en su obra “La divina comedia” lo situó en el último círculo del infierno, y con razón, pues fue prolífico en sus desmanes, pasando a la historia como un terrible gobernador sádico en todos los sentidos.

Un sospechoso ascenso al poder

La historia de Cayo Julio César o Calígula estuvo desde el principio rodeada de muerte. De hecho, su padre Germánico murió en Antioquía, y poco después cuando el joven volvió a casa, fallecieron dos de sus tíos.

Tiberio, quien era el directo heredero del trono, no quiso asumir tal responsabilidad, y ordenó que el Imperio fuese gobernado por Calígula y su hijo, Tiberio Gemelo. Fue entonces cuando Calígula lo asesinó y empezó su gestión como emperador de Roma.

Al principio realizó una gestión diáfana y con una creciente prosperidad, pero al poco tiempo Calígula sufrió una grave enfermedad y sus compañeros de administración llevaron al estado a la quiebra. Las reformas tanto públicas como urbanísticas que embellecieron la ciudad también consiguieron acabar con el tesoro, así que cuando el emperador se recuperó de su enfermedad comenzó a aumentar los impuestos, lo que obviamente haría crecer su enemistad con el pueblo y el senado.

Calígula: la leyenda de un asesino

A partir del momento anteriormente comentado, se comienza a entretejer la demencia y arrogancia hacia con su gobierno.

Relaciones incestuosas con sus hermanas, lujosos espectáculos de gladiadores, fiestas de semanas enteras con orgías y violaciones de menores incluidas, además de una gran cantidad de obras: teatros, templos e incluso acueductos, circos y murallas, mantenían al pueblo oscilando entre el aplauso o el odio, manteniendo su mandato pendiente de un hilo cada vez más fino.

Un ejemplo de su locura demencial, era cuando Calígula comenzó a hacer sus apariciones en público disfrazado como Hércules, Apolo o Mercurio. Además, erigió tres templos en su propio honor, firmaba las órdenes como Júpiter, y por si fuera poco, obligaba a su pueblo a rendirle tributo como si fuese un dios.

Quiso nombrar a su caballo Incitato cónsul y sacerdote, comía perlas disueltas en vinagre, y además condimentaba panes para sus invitados con oro. Cualquiera que se opusiera a sus deseos era asesinado, mandándolos matar o con sus propias manos haciéndolo él mismo. La tortura era una de sus actividades más prolíficas antes de dar fin a quienes quería eliminar.

Fue tanta y de tal calibre la maldad de Calígula que era considerado un monstruo. Con apenas 29 años de edad y 4 de gobierno ya tenía demasiados enemigos. Los pretorianos, cansados de tener un agonizante psicópata como Emperador, se unieron nombrando un grupo para asesinarle, y de hecho lo lograron apuñalándolo en el Monte Palatino, y matando además a su esposa e hija, para que no sobreviviese descendencia que llevara su sangre con la genética mortal de este terrible asesino.

Un niño malcriado que no nació, sino se convirtió en un caprichoso y despiadado “líder”.

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