La leyenda de la Gran Muralla china

La Gran Muralla china
Parte de la Gran Muralla china (Wikimedia Commons)

Hace muchos muchos años el gran Dragón de piedra amenazaba al imperio chino con conquistarlo. Para evitar esta tragedia el emperador Shi Huang ordenó construir la muralla más grande e impresionante jamás construida. La conquista del dragón comenzó por la zona más vulnerable, ya que era la zona más alejada de donde estaban los soldados del emperador. Estos decidieron defender las grandes ciudades y a la gente rica antes que a los ciudadanos más pobres.

La construcción de la Gran Muralla comenzó, por el norte del país. Allí dividió pueblos y comarcas por la mitad. En esos pueblos vivían dos familias muy amigas la familia Meng y la familia Jiangü. La muralla dividió a ambas familias para siempre dejándolas a cada una a un lado distinto de la muralla.

Las familias no sabían que hacer para volver a reunirse otra vez. En un momento desesperado decidieron plantar una planta trepadora en ambos lados de la muralla. La planta crecería hacía arriba y se juntaría con la otra. Cuando esto ocurriera las familias podrían trepar y volver a verse en los altos del muro.

Los años iban pasando y los soldados siguieron construyendo la muralla. Las plantas seguían creciendo hasta que por fin se unieron en lo alto de aquel muro. Las familias treparon y volvieron a reunirse arriba. Las familias todos los días quedaban a una hora para subir y verse, hasta que un día descubrieron algo raro en lo más alto del árbol. Era una enorme flor que desató las disputas entre las familias. Todas decían que la flor había nacido de su planta y que era de su propiedad. La disputa duró meses hasta que un día la flor se abrió y salió una encantadora y hermosa joven. Al ver a la muchacha las familias decidieron hacer las paces y se decidieron que criarían a la muchacha entre las dos familias, por eso la llamaron Meng Jiangü.

Mientras tanto la construcción de la muralla seguía su cauce. Sin embargo, había un tramo que cada vez que lo construían se caía. Esto enfadaba mucho al emperador y al no saber como arreglarlo decidió consultar a su grupo de sabios. Uno de ellos le dijo que si mataba a un hombre por cada “li” empleado en la muralla todo se arreglaría. Esta idea no convencía al emperador, por eso pidió opinión a otro sabio. El sabio le dijo que no hacía falta matar a tanta gente solo tenía que buscar un hombre que cumpliera con un único requisito. Si en la muralla se iban a emplear 10000 “li” solo tenía que encontrar a alguien llamado Wan que era sinónimo de diez mil.​

El emperador ordenó la búsqueda de Wan por todos los pueblos de china, los soldados no descansarían hasta encontrarlo. Al norte de China vivía un joven de una familia de campesinos llamado Wan. Cuando el joven se enteró de los planes del emperador decidió huir al bosque. Allí entre árboles se perdió hasta que terminó enredado en una planta muy rara.

Esa planta rara era la planta que dio vida a Meng Jiangü. El joven en seguida vio a la hermosa joven y se quedó perdidamente enamorado de ella. Entonces decidió ir a hablar con ella, al principio no le quiso contar quién era, pero finalmente lo hizo. La muchacha entonces decidió protegerlo y ocultarlo en su jardín. Los días iban pasando y cada vez se gustaban más los dos jóvenes. Un día Wan se agachó y le pidió matrimonio a Meng Jiangü. Esta se lo contó a su familia y todos se alegraron muchísimo de la noticia y apoyaron el matrimonio entre los dos jóvenes.

El día de la boda se celebró poco después de la pedida, pero nunca se celebró. Alguien del pueblo delató al muchacho y los soldados lo tomaron prisionero. Los soldados se lo llevaron ante el emperador y por mucho que el joven suplicara el emperador lo ejecutó delante de la muralla. Así los restos del joven pasaron a ser parte de la misma muralla.

La profecía de los sabios se cumplió, la muralla no volvió a romperse. Lo que si se rompió fue el corazón de Meng Jiangü en mil pedazos. La joven no paró de llorar durante años. Recorrió toda la muralla llorando en busca de su amado, pero nunca lo consiguió.

Un día el llanto de la muchacha hizo que la muralla se partiera y le demostrara donde descansaba su querido. Meng Jiangü se agachó lo cogió de la cabeza y lo acarició echando sus lágrimas con la primera caricia. Meng Jiangü se quedó ahí el resto de su vida velando y cuidando al que iba a ser su marido.

Hoy en día hay gente que ha ido a la muralla que asegura que ha oído y visto a Meng Jiangü llorando a su amado. Esta tragedia es recordada por los habitantes del país como la más romántica de la historia.​

Texto: Wikipedia

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